viernes, 2 de diciembre de 2016

Lloverte

Yo voy a verte, y voy a lloverte. Pero no en forma de llovizna, no. Voy a lloverte a mares. Sí,a ti. Y tocaré tu piel y resbalaré suavemente por ella. Te caeré en el pelo, haciéndote un (des)peinado nuevo. Recorreré tus mejillas hasta tus labios, donde me entretendré toda la eternidad.

Voy a lloverte, y te voy a dar besos en forma de gotas: uno a uno, incesantes, sin parar, rompiendo minúscula y brevísimamente tu calma. Y lo harán para siempre, pues, aunque te disturben, cada pequeña gota, cada gran beso, te alimentará y te nutrirá. Cada una de estas gotas, cada uno de estos besos, interrumpirá tu calma, trayendo consigo lo mismo que los demás, pero de una forma nueva, original, inigualable, irrepetible. Cada una de esas gotas, cada uno de esos besos, por muy grande o pequeño que sea, alterará el lugar exacto donde caiga, alterará tu todo. Cada una de esas gotas, cada uno de esos besos, acariciará de la superficie mansa y tersa de tu piel de un modo suavemente feroz. Cada una de esas gotas será incontrolable, y no sabrás dónde caerá. Porque te caeré encima sin avisar, como una tormenta, dejándote tan mojada que sólo querrás correr.

Voy a lloverte. Y te cogerá por sorpresa. No habrá pronóstico que me vea venir. No habrá nubes negras en las que prever. No habrá nadie que te avise.

Y si aún te lo estás preguntando, ya te digo yo que sí: va a llover sobre mojado.

Voy a lloverte de día y de noche. Y me dará igual si llevas paraguas. Y no me importará que no sea abril. Yo voy a besarte. Yo voy a lloverte.

sábado, 12 de julio de 2014

Mientras estemos juntos

Punta Umbría. Verano, Tú y yo. Yo y tú. Es de noche, cálida, tórrida. Estamos paseando por la playa, infinita, con la única luz que dan la Luna llena, cuyo reflejo en el agua es precioso, y tus ojos, brillantes, incandescentes. Vamos conversando, y tú me estás contando tus cosas. La sonrisa que mientras hablas se dibuja en tu cara no puede ser más grande ni más bonita. Y es tan grande y tan bonita porque es verdadera. Casi sin querer, muy suavemente, y mientras seguimos caminando, acaricias mis dedos y juegas con ellos. Los aprietas, los sueltas, y así hasta que los entrelazas con los míos y me das la mano. Seguimos andando, y te cuento algunas anécdotas de mi trabajo. Y tu sonrisa no puede ser más sincera ni más amplia. Y es tan sincera y amplia porque es espontánea.

Caminamos, de la mano, y de repente te paras, tiras de mí, te pregunto que qué pasa, pero me pides silencio. Me callo, me clavas tus ojos en los míos y me dices que tienes que decirme algo. Te digo que qué vas a decirme que yo no sepa ya. Que prefiero que lo hagas. Y sosteniéndome las dos manos, te acercas lentamente a mí. Tu nariz está cerca, tu boca está cerca. Estás tan cerca que puedo oler el perfume de tu cuello. Ya no te veo nítidamente de lo cerca que estás. Y es entonces cuando, teniéndote tan cerca, oliéndote, cierro mis ojos, y ya sin verte, sólo puedo sentirte. Posas tus labios en los míos, y al poco tu húmeda y caliente lengua juega con la mía. Todavía tienes en tu boca el sabor del helado de chocolate que te estabas comiendo hasta hace un ratito. Me besas en el silencio de la noche, donde sólo se escucha el rumor de nuestras bocas fundiéndose en una. La Luna nos mira, y su reflejo es más intenso. Tiene celos.

Paras de besarme. Me preguntas si sé dónde estamos, que hemos andado mucho y que estamos lejos de casa. Te digo que no te preocupes, que mientras estemos juntos, nunca estaremos perdidos. Sonríes, me besas, y seguimos andando. Conversamos, pero no sé de qué.


Y mientras nos alejamos, me despierto, aún sonriendo...

lunes, 6 de enero de 2014

Con ti

Déjame en paz. Olvídame ya. Todos los días igual. Desde el mismo instante en que abro los ojos por la mañana, ahí estás tú. Desde ese mismo instante ya estoy harto de ti. Porque me hiciste lo mismo ayer por la mañana. Y la otra mañana. Y la otra. Me levanto contigo, con tu sonrisa provocando inevitablemente la mía. Luego a la ducha, donde tus abrazos parecen el agua caliente que me relaja corriendo por mi piel. Luego a la cocina, donde nos preparo el desayuno. Lo tomamos mientras me cuentas los planes del día. Salimos de casa, al trabajo, y por el camino, y de repente, veo que tú vienes conmigo. Vuelvo a casa para almorzar, y ya sabes que siempre cuento contigo para preparar la comida, preguntándome si te gustará lo que cocino. Almorzamos juntos. Nuestro trato es el de siempre: yo cocino y luego fregamos los dos, porque me encanta echarte agua y hacerte bromas con el jabón, ya que siempre te ríes, y estás radiante, y luego te enfadas, y estás preciosa. Quiero dormir la siesta, pero no me dejas. Sigo hartándome de ti, y preguntándome cuándo me dejarás en paz. Escucho música. Hoy es una canción de... da igual. No importa. Siempre me la estropeas, con tu pelo cayendo sobre tu espalda y tus ojos brillantes mirándome fijamente. Para alejarme, me voy a dar un paseo. La playa me parece un buen sitio. Arena, agua, infinito, olas. Sí, es el sitio perfecto: arena para caminar, agua para limpiarme, infinito para perderme, y olas para bailar y borrar. Pero nada. Vuelves a aparecer, de frente, con tu risa, provocadora de mi felicidad. Y en la arena para caminar se ven las marcas de nuestros pies caminando juntos por la vida, el agua nos purifica, el infinito que vemos es el mismo que mi amor, y los dos bailamos, respirándonos, sudándonos, al ritmo de las olas, creando algo imborrable. Cansado ya de ti, me vuelvo a casa. Quiero cenar, así que preparo algo y me siento a comer. Y en ello estoy cuando me dices que tú también quieres, y lo hacemos a la luz de las velas. Tratando de hacer algo solo, me voy al cine. Miro la cartelera, y como no acabo de decidirme, tú me sugieres que veamos otra película. Acepto, y allá vamos. La vemos juntos, y de vuelta a casa, me das tu opinión. Yo tengo otra diferente, pero con tal de que me dejes, no digo nada y asiento. Llego a casa, solo, porque he logrado dejarte atrás. Me tiro en la cama, exhausto de todo el día contigo, de tu risa, tu pelo, tu voz, tus ojos, tus andares. Y de repente, tu olor se apodera de todo de mi ser. Puedo sentirte. Estás de nuevo conmigo, a mi lado, junto a mí. ¿Otra vez? ¿En serio? ¿Ni dormir vas a dejarme? Porque anoche me hiciste lo mismo. Y la otra noche igual. Y la otra. Y la otra. Porque cada noche me acuesto contigo. Cada día lo paso contigo. Pero tú conmigo no. Yo ni siquiera sé dónde ni con quién los pasas. Por eso voy a pedirte una cosa: déjame en paz. Olvídame ya, y para siempre. Como yo trato de hacer contigo.

Bueno, hazlo mejor que yo. Porque yo no puedo.

domingo, 20 de octubre de 2013

Superhéroe

Hoy cumple años un superhéroe. Mi superhéroe. Y las felicitaciones son más que merecidas, porque no ha sido nada fácil llegar a este día. Como superhéroe que es, ha tenido que librar muchísimas batallas. Nunca jamás se ha escondido, y ha estado presente cuando se le ha necesitado. En estas batallas ha superado a todo cuanto ha intentado acabar con él. Incluida la muerte, a la que sin titubear ha mirado de frente, a los ojos, más de una vez, y ésta ha salido despavorida. Como superhéroe que es, nunca ha tenido miedo de nada ni de nadie. Siempre ha ido hacia adelante, victorioso. Y la última batalla en la que está enfrascado no iba a ser menos.

Lleva más de cuatro años peleando, levantándose cada día preparado para la batalla. Jamás se rinde. Ni se rendirá. A pesar de todos los problemas, afronta el día a día con naturalidad. Y eso se lo permiten sus superpoderes. La lista de éstos es interminable, pero entre ellos caben destacar una implacable fuerza interior, un corazón del que con cada latido se destila el puro e infinito amor que siente por su familia, una sonrisa perpetua dibujada en su rostro, una inconmensurable capacidad de enterrar lo malo de cualquier situación, y sacar y aprovechar lo bueno, haciéndolo incluso mejor, y luego dándotelo. Destacar también su capacidad de acudir al rescate. Si lo necesitas, ahí estará para brindarte su ayuda, sin pensárselo, y entregándose en cuerpo y alma. O su laboriosidad, que lo hace ser un trabajador incansable. Es además el mejor profesor de la vida que se puede tener, pues de él he aprendido mucho. Y sigo aprendiendo. Es sobresaliente también su eterna dedicación a hacer feliz a los que están a su alrededor, y lo consigue con cosas tan simples como hacerte el desayuno, llevarte a dar un paseo a la ría o darte una lección de sabiduría, contándote algo que tú no sabes pero él sí. Porque si este superhéroe tiene algo que le sobra, es cultura. Se ha alimentado de libros, bebiéndolos y devorándolos durante mucho tiempo. Y sigue haciéndolo. Ha vivido mucho y variado. Aquí y allí. Y eso se nota, ya que vive con mucha tranquilidad y entereza, cualidades ambas propias de quien lo sabe casi todo en la vida. Aunque a mí me da la impresión de que lo sabe absolutamente todo. Expresa muy bien sus sentimientos más cálidos, y da besos, promulga te quieros, abraza, estrecha manos, siempre agradece y aprecia la educación en las personas, y es un amigo cercano, confidente, fiel, que sabe escuchar y dar buenos consejos. Pero como clásico superhéroe, no es muy dado a expresar sus sentimientos más feroces, aunque no por eso está exento de ellos, y también se emociona, llora, extraña a gente, se preocupa, sufre. Y siempre se sobrepone a ellos. Y como buen superhéroe, siempre vence. Siempre.


Yo intento parecerme a él. A veces pienso qué haría él en tal o cual situación. Qué pensaría, qué pasos daría, cómo lo afrontaría. Y actúo en consecuencia a ello. Y sé que aunque todavía me queda mucho por conseguir para llegar a ser siquiera sea una décima parte de él, yo espero conseguirlo algún día.


Hoy cumple años un superhéroe. Mi superhéroe. El único en el que realmente creo.

Mi padre.

Felicidades.


Te quiero.

sábado, 24 de marzo de 2012

Leyendo

Sobre el libro que me escribiste se han derramado muchas lágrimas. Ahora su lectura es dificultosa, pues las palabras están deformadas. Lo que antaño era una plácida y placentera lectura, se ha convertido en un tortuoso y calamitoso esfuerzo. La encuadernación se ha estropeado bastante, y para pasar las páginas hay que hacerlo muy cuidadosamente, pues se corre el riesgo de romperlas. El título, flamante y brillante, ahora es mate. Muy mate. Su viveza se ha apagado, y el leerlo ya no te fuerza a averiguar qué se esconde tras él. El fresco perfume que destilaba al hojearlo ha dejado su lugar a un rancio olor que invita a simplemente ojearlo. Sus esquinas, ángulos rectos perfectos, ahora aparecen dobladas. Sus blancas páginas, donde la negra tinta relucía, se han vuelto amarillentas. Incluso muchas están pegadas, no sé cómo ni con qué, con la siguiente.

Quiero leerte. Y no sé cómo. Quiero saber qué me cuentas. Y no sé cuándo. Quiero que me hagas sentir. Y no sé por qué. Quiero tenerte en mi mesita de noche, y compartir la tenue luz que el lector necesita. Y sí sé qué más.

Pero eso te contaré en otro capítulo.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Haciendo efecto

Aún perdura ese efecto. Sigue en mí. Lo sé porque a veces siento tus labios. Lo sé porque hay veces en que oigo tu voz. Incluso hay veces en que te huelo. Qué íntimo es oler a alguien. Tan íntimo, que empieza en tu nariz y te llega al alma, en un implacable efecto mariposa. Así lo sienten mis cimientos. Como si de los mejores efectos especiales se trataran, cada vez que algo de aquello sucede me tambaleo y  mi corazón da un triple salto mortal con tirabuzón inverso, mientras la explosión de júbilo da paso a la no menos espectacular tormenta de dura realidad. Pero, efectivamente, no los son. Y simplemente es la pura verdad.

Sentir afecto es mi defecto, pues siempre, y sin querer, tiro con efecto, y es por eso que nunca surte efecto. Y es que, en efecto, no soy eficaz. Cual efecto invernadero, efectuose tal efectismo, que efectivamente, al entregar mis efectos personales lo hago de forma afectuosa, pero por la respuesta, parece que es defectuosa. Pero no puedo hacer efectiva una devolución de lo entregado, porque siempre pago en efectivo.

Efectivamente, tanto afecto es un defecto. Y eso me afecta.

martes, 31 de enero de 2012

Como cada noche

Como cada noche, hablo con mi almohada. Ella no me responde, pero yo sé que me escucha. Le cuento cómo ha ido mi día, y qué he hecho. Ella espera, paciente, pues sabe que eso es sólo el prólogo. Es más, dependiendo de cómo empiece yo a contarle y según lo emocionado que esté, ella ya sabe qué le voy a contar después. Es inversamente proporcional. ¡Cómo me conoce! Increíble. Es imposible engañarla.

Como cada noche al acostarme, mi mente se vuelve un revoltijo de ideas, con pensamientos yendo y viniendo, recuerdos en forma de fogonazos, y destellos de sentimientos, que por momentos me invaden y lo intentan, pero no me conquistan. Al menos hasta que empiezo a confesarme a mi almohada.

Como cada noche al acostarme y posar mi cabeza en mi almohada, y sin Avemaría purísima previo, comienza mi confesión. Alegrías, penas, dudas, consultas, pecados, ruegos, esperanzas, deseos, arrepentimientos, alguna lágrima, alguna risa. Cabe de todo.

Como cada noche, mi almohada acepta y encaja todo a la perfección. Ella me conoce como nadie, y sabe cosas que ni yo mismo sé hasta que se las cuento. Cuando estamos juntos, me muestro tal y como soy, sin ambages. No tengo que disimular, ni mi felicidad ni mi tristeza. Y es por eso que, cuando le estoy hablando, me siento poderoso e inerme al mismo tiempo. Poderoso porque mi interior se abre camino hasta expresarse, mi mente fluye sin descanso ni barreras, hasta que ya no puede más. Me libero, o comparto, todo lo que llevo dentro. En un ejercicio de introspección, me vacío de mí mismo. Me siento poderoso por ser íntegro, por ser verdadero, por ser valiente al reconocer mis errores, por ser humano al compartir mi alegría. Y es justo en ese momento, cuando estoy totalmente abierto, que soy completamente vulnerable. Es por eso que me siento inerme. Pues en ese momento cualquier cosa podría lastimarme. Y hacerme mucho, mucho daño, pues la coraza de acero que llevo frente a mi almohada se vuelve de papel mojado.

Como cada noche, ella me escucha, paciente, sabedora de que si no se lo digo hoy, se lo diré mañana. Incluso hay veces que ella sabe que algo me preocupa, y me despierta en mitad de la noche, de madrugada, y hasta que no se lo cuento, no me deja dormir. Eso por las buenas. Porque cuando se pone por las malas, no sé qué brujería practica, que me hace tener pesadillas, y tengo que revelar toda inquietud que habite en mí.

Como cada noche, hablo con mi almohada. Ella, impertérrita, sólo escucha, tal y como lo hace un dios: en silencio. Y tras escuchar todo lo que tengo que decirle, me acoge, y me ofrece un sitio reconfortante donde reposar mi cabeza para conciliar el sueño. Así noche tras noche, año tras año.

¿Qué sería de nosotros sin almohada? ¿Quién tendría nuestra confesión última, nuestra reflexión postrera? ¿Cómo nos liberaríamos de lo que nos impide dormir? ¿Qué secaría nuestras lágrimas más íntimas? ¿Quién oiría nuestras más sinceras y desesperadas plegarias? ¿A quién pediríamos fuerza para soportar la presión de cada día, la presión de vivir? ¿Quién aliviaría nuestras penas magnificadas por la nocturnidad? ¿Quién disfrutaría de la sonrisa previa a la mañana? ¿Qué tengo que hacer para volver a tenerte?

Como cada noche, estoy hablando con mi almohada…

viernes, 21 de octubre de 2011

Una noche de tormenta

Ahora cuando me vaya a dormir, volveré a imaginarnos haciéndolo. Llevo imaginándonos un buen rato. Confieso que durante algún tiempo.  Lo he visionado todo.  Quedamos, hablamos, y tras algunas charlas banales pero necesarias, sin dilación ni rodeos, te invito a mi cama, con la excusa y la razón de que no quiero dormir solo. Tú, que llevas un rato entendiéndolo perfectamente, incluso esperando que diga algo al respecto, y no sin resistirte un poco, asientes, y aceptas sonriendo mi invitación. Llegamos tras un viaje nervioso, donde no sabemos qué decir, pero sí que hacer, y que no hacemos por temor a un rechazo que ya sabemos que no sucederá. Y así estamos, frente a  frente. La atracción existente pronto domina nuestras bocas, que acaban uniéndose irremediablemente de una forma imparable. Los besos se suceden sin parar, y nuestros labios parecen insaciables, pues cada beso parece acrecentar el hambre. Nuestras manos van tocando por doquier, como si estuvieran examinando el cuerpo ajeno, haciendo paradas en el cuello, la cintura y la cara del otro. Las caricias se suceden, y la ropa empieza a quemarnos. Me despojas de mi camiseta sin parar de besarme, y te quitas la tuya sin dejarme parar de besarte. Me abrazas, y me estrechas contra ti. Nuestras barrigas se tocan, sintiendo el calor del otro. Con nuestras lenguas enfrentadas en una muchísimo más que placentera lucha, desabrochamos el botón del pantalón del de enfrente, quitándonos al mismo tiempo los calcetines, por lo que ya sólo nos separa nuestra ropa interior. Como si fuera imposible, no paramos de besarnos, dulcemente, ferozmente, suavemente, agresivamente. Las caricias no cesan de sucederse, y sucede lo ya inevitable. La pasión, la lujuria, nos dominan, y no podemos otra cosa que dejarnos llevar. Además, es lo único que queremos en este momento. Nos arrancamos dulcemente lo que nos queda de ropa, siendo ayudados por el otro, y ya estamos como realmente queríamos estar. No han pasado ni dos minutos desde que llegamos. Supongo que serán las cosas del directo. Ardiendo de estar en y de tener al otro a nuestra disposición, adquirimos una posición perfecta, donde los dos cuerpos se encuentran mucho más cómodos.

Me pides que me una a ti, que entre. No puedo negarme a eso, y casi al momento, ya estoy llamando a tu puerta. Me abres con muchas ganas, invitándome a pasar y que no piense en gritar.  Poco a poco voy entrando, y veo el resultado en tu cara. Ya estoy totalmente dentro, y como simulando el ambiente del mar, en un vaivén muy salvaje y sensual, nuestras caderas se mueven  a un solo ritmo, el ritmo que va marcando el placer. Una vez ensamblados, unidos los cuerpos, nuestras caderas parecen hacerse una, y nuestra respiración suena igual: será que las dos saben dónde vamos a llegar. Los movimientos rítmicos se van sucediendo, sin guía, sin pentagrama, y la música empieza a ser esa que llaman celestial.  Tu pelo se desliza sutilmente por tu espalda, y tu cuerpo desnudo me pide a gritos que lo toque, de arriba abajo, sin pedir ninguna explicación: sólo quiere ser tocado. Y no seré yo quien se interponga entre tu cuerpo y el mío.

Sedientos, hambrientos uno del otro, el placer va haciéndose todopoderoso. Mi boca y mis manos están desatadas, procurando tocar allí donde tú te retuerzas de puro gozo, mientras me pagas la jugarreta haciéndome lo mismo. Caricias constantes que se ayudan de besos, dados sin poder separar nuestras bocas, para hacer que dos llamas hagan un único fuego. Despreocupados totalmente de lo que pasa alrededor, sólo podemos centrarnos en la boca y el cuerpo del otro. In crescendo, nuestros cuerpos chocan con la violencia y la frecuencia con que las olas (las mismas que movían nuestras caderas) lo hacen en un rompeolas. El maremoto ya está en marcha, y nuestras cinturas son las únicas que aún permanecen con vida, y como intentando no ahogarse (o quizás a sabiendas de que también se apagarán tras la tormenta y quieren tener un despedida digna), se agitan y se sacuden en busca de una solución. Nuestras bocas hace tiempo que no se pueden ni tocar, pues las necesitamos para respirar. Nuestras manos mantienen el contacto, aunque ya ni lo sentimos, pues la fuerza de nuestras caderas es tal que nos domina totalmente. El rompeolas está muy gastado de tanto choque de olas, y éstas se hacen más fuertes ante la poca resistencia a la que se enfrentan, ya que realmente ésta viene dada por nosotros. Sin pronunciar una sola palabra, nuestras gargantas son las primeras en avisar de lo que está a punto de suceder, y entramos en una fase de no retorno. Las caderas enloquecen, y se sienten capaces de dominar a la otra, embistiéndola fuertemente, con la única finalidad de hacerla volver para embestirla de nuevo. Se repelen para atraerse al instante siguiente. Tras y durante ese juego magnético, en brevísimos segundos, las cinturas son poseídas por espasmos tan fuertes como las sacudidas que los han precedido, y con la boca entreabierta pidiendo que este momento nunca acabe, las olas ya no son violentas y enormes, sino lentas y suaves. Nuestras bocas vuelven a tocar el cuerpo ajeno, regalando besos por todos lados, hasta que por fin las bocas se encuentran, y vuelven a unirse, tratando de sellar lo que acaba de suceder. Una espontánea sonrisa se dibuja en ellas, que se separan, suspirando. Ya no estamos cara a cara, y nuestros cuerpos descansan mirando al techo, uno junto al otro. Con la respiración aún agitada, seguimos sonriendo, satisfechos.

Después de la tormenta llega la calma. Pero yo no hoy no tengo calma porque no ha habido tormenta.

miércoles, 12 de octubre de 2011

A tu lado estar no toca

Que el amanecer me encuentra siempre despierto,
que me desvela el hambre que de ti tengo


A tu lado estar no toca.
Preguntaría a los sabios
¿sabéis por qué el amor mengua?

No viviría en abismos
ni entre arañas y marañas:
sería un amante nuevo.

El quererte no tendría veda,
y seríamos dos lerdos
amándose en la eternidad.

Toda palabra es poca
para decir cómo rabio
al no pelear con tu lengua.

Un beso serían mil sismos,
ninguna mirada extraña:
ya siento cómo me elevo...

Caricias textura seda,
sonrisas sin previo acuerdo.
Una fiesta a la libertad.

Ya no subo a tu boca,
ni me divierto en tus labios,
ni me encuentro a tu lengua.

Mis paseos no son los mismos
desde que no me acompañas,
y a la deriva me muevo.

Soñarte es lo que me queda,
mecerme en los recuerdos,
evocarte en la oscuridad.

A tu lado estar no toca.
Preguntaría a los sabios
¿sabéis cuándo el amor mengua?
¿Sabéis cómo el amor mengua?
¿Cómo sabéis cuándo el amor mengua?

miércoles, 5 de octubre de 2011

El camino

Salvaje. Así es el camino que me ha tocado recorrer. En él, la rotundidad del signo menos se hace patente en la no presencia de sonrisas, ni siquiera el amago. Y aunque hay querencia, no hay apetencia.

La fragilidad, antaño tan lejana, casi imperceptible, por no decir ininteligible para mí, ahora la tengo escrita en la frente, cual caja de vajilla. Mi seguridad sobrevive a duras penas, y hace tiempo que duerme. Desconfiante de mí mismo voy andando el camino mi vida, y la pasividad le ha podido a la actividad, por el simple hecho de que si nada hago, nada sale mal. Eso me da un levísimo pero necesario sentimiento de seguridad, de la que tanto he de nutrirme ahora mismo, pero que tan difusamente apenas está dibujada, o que tan confusamente apenas puedo distinguirla.

Avanzo al ritmo de quien no anda, moviéndome como los protagonistas de una fotografía. Ya he soñado dos veces mi muerte, con tristísimo y sollozante despertar, almohada empapadísima incluida. Aunque en los dos sueños parecí sentir alivio. Incluso lo parece ahora, ya que los he llamado sueños y no pesadillas.

A veces deseo ser pecio, para que alguien quiera encontrarme. Sí, quiero ser pecio, y así despertar deseo, codicia, anhelo, añoranza, deseo, interés. O ser una pista, un rastro, una huella. Quisiera estar en extinción, ser una reliquia, un espécimen tan único como verdadero, tan ansiado como relevante.

El cielo tan azul ahora mismo no me alegra, y sólo tengo ganas de que se nuble todo, y que en vez de blancas las nubes sean grises, o negras, y llueva. Que diluvie. Y los truenos truenen atronadores. Que la mar se revuelva, y agite con violencia los barcos. Que el viento sople con tanta fuerza que los pájaros no puedan volar, y los árboles se inclinen a su paso. Ahora mismo necesito que la naturaleza esté como yo, y llore, grite, se agite, y que eso lo haga con violencia, para asegurarse de que expulsa todos esos sentimientos. Necesito su apoyo.

Indiferente ante las cosas y los momentos habituales, lo nuevo ahora mismo no tiene el mismo efecto que antes, no me atrae. Tengo libertad, pero ésta me viene dada condicionada, y no puedo hacer lo que quiero. Aunque, pensándolo bien, siempre durante toda mi vida ha sido así… Atrapado en un camino pues no tiene indicaciones, no avanzo, pero sí me siento retroceder, sin remedio. El tiempo pasa sin decir lo siento, y los días siguen matando noches y las noches siguen pariendo días, mientras yo no puedo disfrutar de ellos. Carente de motivo alguno para ello, mis límites están bastante definidos. Y aunque escapar se me antoja remoto, yo no pierdo la esperanza. Eso sí, el camino está labrado con desaliento, dudas, incertidumbre y desesperanza. Y encima, la única dispuesta a ser mi compañera es la desidia…

miércoles, 28 de septiembre de 2011

¿Dónde estás?

Donde no había nada hubo todo.
Donde hubo todo no hay nada.
Donde no hay nada quiero algo.
Donde algo quiero nada hay.

Abiertas las puertas, para que entres sin llamar.
Abiertas las puertas, nadie entra siquiera a preguntar.
Cerradas las puertas, para que puedas llamar y yo abrir.
Cerradas las puertas, porque nadie pasará a llamar.

Evocando el pasado no veo futuro.
Evocando el pasado no vivo el presente.
Sin vivir el presente no habrá futuro.
Sin evocar el pasado no sé quién soy.

La música se me antoja siempre la misma.
Siempre se me antoja la misma música.
Cuando te escribo muestro lo que llevo dentro.
Cuando quiero mostrar lo que llevo dentro, te escribo.

Si la música de un piano me hace llorar,
el rasgueo de una guitarra temblar,
y el sonido de un violín me conmueve,
con tu voz sólo puedo estremecerme.

Tu voz, una voz que desconozco,
pero que pronto me será familiar.
Tu voz, una voz que añoro,
pero que nunca acaba de llegar.

Mi interior tiene lo que hay en el exterior.
Mi exterior no enseña lo que hay en mi interior.
Grietas oscuras, oscuridad agrietada.
Exterior níveo, interior moribundo.

Regalarte besos se torna posible,
así como abrazarte, mirarte,
dormirte, acariciarte y sentirte,
sólo si cierro los ojos.

No puedo darle sentido
a una llamada a deshora. O dos. O tres.
No puedo darle sentido
a despertarte con un beso. O dos. O tres.

Sediento y sin agua,
sólo sé moverme en terreno acuoso.
Moviéndome en terreno acuoso
sólo he conseguido tener sed y no agua.

Un cuaderno de poemas te he escrito,
pero parece que ni eso vale.
Seguro que no serán los mejores,
pero son los que de mí salen.

De colores imagino nuestra historia,
pero esos colores aún están en la paleta.
Y no ceso de esperarte para empezar
a pintarnos en nuestro lienzo.

Sólo tengo mis puertas, mi presente,
la música, mi “intexterior”, mis sueños,
mi sed, mi cuaderno y nuestro cuadro.
Aparece de una vez, que te estoy esperando.

Que tengo mis puertas preparadas para tu llegada,
un presente que vivir, un interior que llenar con cosas del exterior,
un sueño que hacer realidad, una sed que apagar,
un cuaderno que leerte y un cuadro que pintar, pero nunca colgar.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Ser. Estar. Parecer.

Tenue. Apático. Triste. Cansado. Desanimado. Apagándome. Insulso. Anodino. Nimio. Frágil. Desbordado. Perdido. Dañado. Desaprovechado. Aturdido. Desconcertado. Desorientado. Confundido. Abandonado. Solitario. Descuidado. Inutilizado. Desganado. Decaído. Derrumbado. Deteriorado. Impertinente. Aburrido. Defectuoso. Inacabado. Huérfano. Falto. Inseguro. Menguado. Somnoliento. Infrecuentado. Diáfano. Cualquiera. Subyugado. Insignificante. Paupérrimo. Necesitado. Tocado. Abatido. Infeliz. Resquebrajado. Vagamundo. Desaforado. Afligido. Despreciado. Indiferente.

Así me siento. Así estoy. Así parezco.

Melancólico, por todo esto que me pasa.
Errante, porque no sé dónde ir ni si tengo dónde ir.

Salvable, porque confío en que algo o alguien me ayudará.
Invisible, porque nadie se preocupa por mí.
Engañado, porque estoy descubriendo las verdaderas verdades.
Ninguneado, pues no se me trata.
Trastornado, porque no sé qué está pasando ni cuándo parará.
Olvidado, porque no hay persona que demuestre que me recuerda.

Silenciado, porque no hay nadie que escuche lo que quiero decir.
Obtuso, porque muchas veces pienso que todo es culpa mía.
Lastre, porque soy el culpable de no avanzar.
O.


http://www.youtube.com/watch?v=-o9gf_soFBM&feature=fvwrel

"All by myself,
don't wanna be
all by myself anymore"

jueves, 15 de septiembre de 2011

Modo mente

Salvajemente dócil, directamente sutil,
saladamente dulce, níveamente oscura.
Fatalmente buena, derechamente sinuosa,
lisamente rizada, maldadosamente santa.

Teóricamente práctica, nocturnamente diurna,
aburridamente divertida, ariscamente cariñosa.
Glacialmente cálida, realmente imaginativa,
físicamente mental, sinceramente embaucadora.

Asustadizamente valiente, traidoramente fiel,
insoportablemente honesta, fonéticamente corporal.
Mundialmente consciente, diferentemente igual,
peligrosamente tranquila, eternamente compañera.

Pacíficamente luchadora, necesariamente independiente,
encadenadamente libre, mortalmente perenne.
Difícilmente fácil, bárbaramente doncella,
tristemente avara, alegremente dadivosa.

Misteriosamente cierta, firmemente suave,
seguramente impredecible, presuntamente segura.
Respetablemente educada, astutamente ingenua,
sedentariamente nómada, vengativamente noble.

Oralmente diosa, invernalmente calurosa,
desgarradoramente risueña, razonablemente irracional.
Silenciosamente gritona, cercanamente amante,
divinamente humana, humanamente pecaminosa.

Así serás, porque así eres.
Pero tú, cariño mío, todavía no lo sabes
porque yo aún no te lo he dicho,
porque yo aún no te lo he escrito.
Hasta que hoy me he vaciado de verdades
esperando a que llegues.

Ay, mi incalculablemente valorada…

jueves, 1 de septiembre de 2011

"Estás de suerte, soy tu presa"

Maniatado y amordazado de pura vergüenza,
intenté rabiosamente desasirme sin éxito,
con el único resultado de un fracaso épico
y mi resignación transformada en mueca.

Lo notaste, y de forma muy natural, muy cerca
te situaste, como en su consulta el médico,
y cual reza el padrenuestro un clérigo,
sobre mi mano se deslizaba la tuya, lenta.

“Mírame a los ojos”, dijiste sin hablar: y esa fue tu única treta.
Obedecí dócil, pero inseguro y medroso, con vértigo,
y el calor de tus ojos pudo con mi temor hermético
cuando, fijos, se clavaron como clavos en madera.

Empecé a sentir que se desvanecía mi fuerza,
y ya sólo pude dejarme llevar, escéptico:
no sabía si es que reviviría un recuerdo pretérito
o si se iba a crear uno nuevo diferente, sin mermas.

La espera a tu llegada se me hizo eterna,
con mi respiración a un ritmo frenético
y humedecidos mis labios resecos, famélico
de besos no veía la hora de tenerte a mi vera.

Yo había pasado no sé cuántas noches en vela
imaginando este momento, y ahora era idéntico.
Como sabiendo qué pasaría, como algo congénito,
tomé tu mano y me moví lo justo: un parpadeo apenas.

Tú los cerraste conmigo, y arrestados por la mano ajena,
nuestras bocas se tocaron en un lento e intrépido
movimiento, haciendo ese momento espléndido.
Sí. Tal y como ocurría en mi sueño, quedé de una pieza.

Noté una luz que destellaba, aún en la oscuridad plena.
Preguntándome qué era, te regalaba besos impertérrito,
mientras mis caricias hacían las veces de séquito.
Y descubrí que aquello brillante el placer de tenerte era.

Saboreando tu saliva mi boca estaba serena,
y me di cuenta de que no quería serle pérfido.
Contemplándote preparé más besos, con mi arsénico,
para que sintieras lo que yo: la lengua y la imaginación inquietas.

A dentelladas te besé, ávido de surcar tus praderas.
Rezumaba placer y ganas de ti de un modo histérico;
tú simulabas no notarlo, en un juego patético,
y tuviste que rendirte cuando, sin aviso, rocé tu pierna.

Me susurraste al oído “estás de suerte, soy tu presa”;
yo te respondí, en un comportamiento modélico,
que eras tú la afortunada, pues ya no habría más léxico.
Se terminaron las batallas. Comenzó la guerra.

lunes, 22 de agosto de 2011

Juego de juglares

Empezando a terminar el comienzo del final, subo lo que bajé sin saber que había bajado tanto. Creía haber borrado todo lo que escribí, pero lo que escribí parece imborrable. Imposible poner final a una historia interminable que se terminó porque se le puso final. Imaginando lo inimaginable, repitiéndome que no se repetirá, lamento mis lamentos por mí. Me aburro de no aburrirte a besos, y añoro reírme porque te ríes de que me río de que sonríes. Canto canciones cantadas, aguardo mirar tu mirada mirando, espero esperarte y que no me esperes. Quiero que quieras que te quiera. Jugaríamos a juegos de juglares, y conversaríamos conversaciones conversables. Gritaríamos los susurros y susurraríamos los gritos mientras entramos en la salida y salimos por la entrada. Revistiéndonos, reverteríamos de un modo irreversible la reverberación de la revisión de revistas revisadas. Agruparíamos grapándolos grupos de greguerías cual grillos griegos, y tontearíamos tanto intentando tantear tentaciones, que de tanto tontear intentando tantearnos, acabaríamos tintineando como tantos tontos que han tentado sus tentaciones: maravillas mareadas del mariposeo, mariposas maravillosas del mareo, maravilla de marea de mariposas maravillosas. Directo hacia una dirección directamente dirigido, truena un trueno atronador, atrincherado pero no atribulado, atrapado pero no atrofiado. Ay qué ver lo que hay que ver. A ver si ahora me dices que decimos dócilmente dieciséis o diecisiete decenas de sandeces.

Si con tu mata yo me meto, meto como una muta mis mitos, mis motes y mis metas en la maleta de mi moto, y que el necio narciso de nacido novicio frunza frígido frenando fronteras de fraternidades. Busco encontrar lo que encuentro buscando encontrar, y si no pudiera, correría por el corral, pues sin medir ni media carrera el miedo acorrala mi mitad, cierra en corro el cerro, acorralándome, mudándome a un modo medio mudo. Sintiéndolo santamente, me siento sondeando si sentimos sentimientos sentidos. Tejo tejas, pero en un tejemaneje, un tajo de tijeras ha tejado mi tajada. Volando a ras de suelo porque camino sobre las nubes, dando vueltas andando en línea recta. Completando con un complemento aquello que parecía completamente incompleto, ando dando donde dan dones. Guardo en la guarida huesos usados de mal agüero…

Y aún así, sé que sólo sé que si lo hubiera sabido, lo habría olvidado, como si no hubiera existido, para vivirlo, para poder volver a recordarlo, y escribirte lo que siempre he pensado.